Mábel Torres, investigadora chocoana, crea Selvacéutica y da empleo a productores del Chocó

Mábel Torres investiga cómo crear productos de cosmética que sean sostenibles con el medio ambiente en Quibdó, la capital del Chocó en el Pacífico de Colombia. Tiene la suerte de que su casa está en una región con uno de los mayores índices de endemismo de plantas del planeta.

Es decir, un cuarto de la flora que crece en estas tierras no existe en ningún otro lugar del mundo. Pero tiene la desgracia de que el departamento del que no se quiere ir es, al mismo tiempo, uno de los más pobres del país. “El Chocó es un moridero”, le suelen decir, “pero no es verdad”, responde ella. “Lo que falta es que vuelva el talento humano para dinamizar el Pacífico con el conocimiento ancestral”.

Con las enseñanzas de sus abuelas y su experiencia como investigadora, Torres comenzó a experimentar con la biocosmética hace aproximadamente dos años. No sabía nada de esta industria hasta ese momento. Tras un tiempo de prueba creó Selvacéutica con otras dos socias. “Es una empresa de ciencia y tecnología, pero también social: desarrollamos productos con un valor agregado”.

Cada crema que sale de sus instalaciones ha ayudado a un productor a conseguir demanda local de manera rápida y directa. “Antes de pensar en cuántas unidades hay que vender, una lógica comercial, pienso en cuántas me permiten ayudar a una comunidad”, explica. “El número mágico ahorita es 180.000”. Con esta cantidad dan trabajo a 600 cultivadores.

La tarea de Torres no solo está en el laboratorio. Cada vez que idea una composición tiene que pensar dónde encontrar la materia prima en una región con graves problemas de carreteras, con carencias para almacenar y conservar y, sobre todo, con un campo dedicado a los cultivos ilícitos de coca y a las grandes cosechas de frutas y verduras que reclaman los mercados fuera y dentro de Colombia.

“También hay que tener en cuenta que por el conflicto armado muchos campesinos habían abandonado sus tierras”, apunta. A los que han regresado con el final de una guerra de más de medio siglo entre el Gobierno y las guerrillas trata de convencerles de los beneficios de su negocio.

“Les explico que esta es una buena manera de generar arraigo porque no hay mejor modo de vida que ofrecer un producto que se vende rápido”. A los sembradores de papaya, aguacate o yuca les enseñó una alternativa con la cúrcuma, el asaí o el borojó, plantas que están en sus cremas. “Es un proceso de conversación y negociación continua, no es una tarea fácil”.

Su mayor miedo, tras haber creado una sólida red comercial, es que los productores cambien de opinión y de semillas con la llegada de organizaciones internacionales con presupuestos más elevados en este período de posconflicto en Colombia.

Para colaborar con el medio ambiente, Selvacéutica no genera residuos que contaminen. “Para los exfoliantes usamos gránulos naturales en vez de artificiales que acaban en los ríos produciendo sedimentación. Lo mismo con los parabenos que derivan del petróleo y causan lesiones a los ecosistemas”, explica.

Con esta filosofía de negocio mueve al año un promedio de 50.000 dólares en ventas solo en Colombia con un catálogo de 10 productos. Emplea a siete personas, una mayoría de mujeres, y confía en formalizar los contratos con los productores a lo largo de este año. “En este momento nos financian tres proyectos”, dice, uno de ellos llega desde Colciencias, organismo estatal. “No dejo de presentarme a convocatorias”. Su objetivo es conseguir producir 360.000 unidades para un mercado que evalúa en 20 millones de compradores, con un potencial de crecimiento del 22% en el corto plazo.

 

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