El espacio dejó de ser ese escenario lejano de las películas de ciencia ficción de antes; hoy en día la actividad allá arriba está tenaz. Mientras los gobiernos juegan al ajedrez geopolítico mirando de reojo hacia la Luna, las empresas privadas siguen llenando la órbita baja como si fuera una avenida principal en hora pico. Lo que pasó estos últimos días nos deja claro que esta carrera no da tregua.
China mete el acelerador con el Shenzhou 23
El golpe sobre la mesa lo dio China este domingo por la noche desde el Centro de Lanzamiento de Satélites de Jiuquan, en pleno noroeste de su territorio. Con toda la expectativa del mundo, despegó la nave Shenzhou 23 con tres astronautas a bordo rumbo a la estación espacial Tiangong. El plan que tienen entre manos no es cualquier cosa: uno de ellos se va a quedar viviendo allá arriba un año entero. La idea de semejante camello es poner a prueba la adaptación humana y ver cuáles son los límites reales del cuerpo en misiones de tan larga duración, un paso fundamental si quieren cumplir la promesa de pisar la Luna antes de 2030.
El combo lo lidera el comandante Zhu Yangzhu, junto a Zhang Zhiyuan y Lai Ka-ying, a quien oficialmente también llaman Li Jiaying por la transliteración al mandarín. El cuento con Lai tiene su propio mérito: nació y se crio en Hong Kong, tiene un doctorado en informática forense y es la primera persona de esa ciudad en sumarse a una misión espacial. El trío llega a trabajar duro, pues tienen encima docenas de proyectos científicos y, además, les toca hacer el relevo de la tripulación del Shenzhou 21, unos tipos que ya acumulan más de 200 días metidos en el “Palacio Celestial” (que es lo que significa Tiangong).
Toda esta demostración de poderío tiene su trasfondo. A los chinos les tocó armar rancho aparte en el espacio porque Estados Unidos los vetó de la Estación Espacial Internacional, alegando temas de seguridad nacional. Desde entonces, la rivalidad está al rojo vivo. Mientras China apunta al 2030 para su alunizaje tripulado, la NASA corre para intentar poner gente allá en 2028. No la tienen fácil ni los unos ni los otros; de hecho, el año pasado el programa Shenzhou —cuyo nombre traduce “Nave Divina”— tuvo que resolver un chicharrón tenaz: mandar una misión de emergencia para rescatar a un equipo que se había quedado varado porque su nave sufrió daños mecánicos.
Mientras tanto, el negocio sigue en Florida
Pero el cosmos ya no es un monopolio exclusivo de superpotencias estatales. Al otro lado del mapa, la dinámica se mueve a un ritmo completamente diferente, más enfocado en el negocio puro y duro. Casi al mismo tiempo que los chinos celebraban su despegue, un cohete Falcon 9 de SpaceX rugía con fuerza desde la Estación de la Fuerza Espacial de Cabo Cañaveral.
La misión de esta vuelta era poner en órbita un lote de 29 satélites para su red Starlink. Lo verdaderamente impresionante del asunto no es el cargamento en sí, sino la capacidad técnica que están demostrando: para el propulsor de la primera etapa del cohete, este era su vuelo número 28. Una cifra absurda si pensamos en lo que costaba antes mandar cualquier cosa al espacio. Tras hacer su trabajo y separarse en el aire, esa mole metálica regresó solita flotando del cielo y aterrizó sin un rasguño sobre la plataforma “A Shortfall of Gravitas”, que la esperaba lista en aguas del Océano Atlántico.









